Una familia muy diversa

Por Sam Poe

La iglesia es la familia de Dios, donde todos podemos sentirnos parte de ella. Tanto cuando nos reunimos en público como en los hogares, nuestro deseo es cultivar relaciones familiares sinceras y cercanas. Esta familia es el lugar donde la rica diversidad de cada etnia, raza, lengua, cultura, generación y clase social puede reflejarse y celebrarse verdaderamente, al reunirnos como hermanos y hermanas en Cristo. Estamos comprometidos a servirnos unos a otros y a cuidarnos mutuamente de formas que demuestren el amor de Jesús.

Dios ha dispuesto que su Iglesia sea una familia ricamente diversa

¿Sueles buscar amistades cristianas principalmente entre quienes comparten la mayoría de tus valores culturales y preferencias en la vida? ¿Tiendes a no acercarte a aquellos cristianos que provienen de una cultura o raza diferente porque crees que no tendrías nada en común con ellos? Si es así, es muy posible que te estés perdiendo algunos aspectos importantes del plan de Dios para llevarte a la madurez espiritual. La Biblia nos presenta una imagen de la familia de Dios, la Iglesia, como una comunidad de personas con orígenes y culturas diversos, en la que, a veces, el único punto en común que tienen es su relación con Jesucristo. 

El apóstol Pablo y su equipo desempeñaron un papel fundamental en la fundación de la iglesia de Éfeso. Podemos leer el relato de cómo comenzó la iglesia en el capítulo 19 de los Hechos. Unos años más tarde, mientras Pablo se encontraba prisionero en Roma, escribió una carta a la iglesia de Éfeso. En esta carta, Pablo expone el propósito de Dios al crear esta gran familia de personas procedentes de muchos orígenes y naciones diferentes. Todos los que formaban parte de esta familia tenían una cosa en común: habían llegado a la fe en Jesucristo y habían encontrado una nueva identidad en él. Esta nueva vida era el resultado de escuchar la Buena Nueva de la victoria de Cristo sobre las fuerzas de las tinieblas en la cruz y de su resurrección de entre los muertos. A medida que aquellos que eran salvados ponían su confianza en lo que Jesús había hecho, eran sellados con el Espíritu Santo; esta era la garantía de Dios de que habían recibido una herencia eterna como sus hijos e hijas. (Ef. 1:12-14)

Es asombroso leer lo que dice Pablo en esta carta sobre el plan de Dios para su gran familia multiétnica. Nos dice que todo lo que hay en el cielo y en la tierra quedaría reunido bajo la autoridad de Cristo, y que él sería la cabeza de todas las cosas en beneficio de esta familia, la Iglesia, que es su cuerpo, ¡la plenitud de aquel que lo llena todo en todos los sentidos! (Ef. 1, 18-23) A continuación, Pablo explica que esta familia diversa es un «Hombre Nuevo», o una nueva humanidad, en Cristo. Los antiguos muros de hostilidad y división entre la humanidad y Dios, y entre las personas, se han derribado y juntos nos hemos convertido en miembros de la familia de Dios. (Ef. 2, 14-18) Esta es la casa que Dios prometió a Abraham, diciendo que, a través de sus descendientes, todas las familias de la tierra serían bendecidas. (Gén. 12, 1-3)

La unidad en la diversidad es más hermosa y poderosa que la unidad basada en la uniformidad.

Al compartir el apóstol Juan las visiones que recibió en el libro del Apocalipsis, cuenta que vio a esa misma hermosa familia de la que habló Pablo en su carta a los Efesios. Juan vio una gran multitud, formada por personas de todas las naciones, tribus y lenguas de todo el mundo. En su visión, vio a la Iglesia en el cielo de pie ante el trono de Dios, y todos adoraban con voces fuertes, diciendo:«¡La salvación proviene de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!» (Ap. 7, 9-12). Es importante que comprendamos que esta visión no es solo para el pueblo de Dios en el cielo, sino también para nosotros aquí, en este mundo presente. Esta imagen se revelará con mayor gloria y plenitud en el Nuevo Cielo y la Nueva Tierra, pero constituye un elemento fundamental en nuestro testimonio actual del futuro que tenemos en Cristo. 

La adoración a Dios en la visión de Juan tiene, en su diversidad, una fuerza y una belleza que superan lo que podría alcanzar un grupo compuesto exclusivamente por personas iguales desde el punto de vista cultural y social. La unidad en la diversidad es más bella y poderosa que la unidad basada en la uniformidad.

Aquel a quien se adora recibe mayor gloria en proporción a la diversidad de quienes le adoran. Por ejemplo, cuando una obra de arte solo es admirada por un grupo de personas muy homogéneo y con ideas afines, es probable que esa obra no sea verdaderamente grande. Pero cuando la obra gana cada vez más admiradores, no solo entre distintas culturas, sino a lo largo de los siglos, entonces se hace más evidente que contiene elementos dignos de admiración*. El hecho de que Jesucristo sea venerado entre muchas naciones y culturas a lo largo de los siglos da testimonio de su verdadera grandeza y majestad.  

Por último, cada uno de nosotros alcanza una mayor madurez cristiana cuando entablamos amistades con personas de diferentes orígenes raciales y culturales. Si solo entablamos amistades con personas que piensan y actúan como nosotros, tendemos a ver frenado nuestro crecimiento espiritual. En esos contextos relacionales, a menudo no se abordan ni se superan los prejuicios culturales.

El Evangelio de Jesús derriba las barreras entre personas de diferentes etnias y culturas. Todos nos enriquecemos con los aspectos redentores que se encuentran en los distintos grupos étnicos. ¡Dios quiere mostrar a nuestro mundo el poder del Evangelio ayudándonos a crecer en la amistad cristiana intercultural y multirracial!

El evangelio de Jesús derriba las barreras entre personas de diferentes etnias y culturas.

Esta visión para la iglesia no se limita a determinados grupos con un llamado especial al trabajo transcultural. Está pensada para formar parte integrante de cada iglesia local en todo el mundo y en todas las generaciones. En cada ciudad, pueblo o localidad hay personas muy diversas, con diferentes orígenes, experiencias y culturas. Hay ricos y pobres, mayores y jóvenes, nativos e inmigrantes. Pidamos al Señor que nos dé un corazón que anhele entablar amistad con personas con las que no tengamos nada en común, salvo una relación viva con Jesucristo. Estoy convencido de que esto nos llevará hacia una mayor madurez espiritual y fecundidad de las que habríamos conocido de otro modo. ¡Y no solo eso, sino que nos acercará mucho más a asemejarnos a la Iglesia que vemos reunida alrededor del Trono de Dios y del Cordero en la eternidad!

*He elaborado esta ilustración a partir de un artículo de John Piper titulado «Por qué a los cristianos les encanta la diversidad».

 

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